Esto que he escrito lo he hecho intentando ponerme en la piel de una mujer. De como duele desde su punto de vista una ruptura sin sentido ni piedad.
Al principio fue sutil, imperceptible, como una brisa suave. Tu boca rehuía mi boca, tus manos evitaban las mías. Poco a poco, se hizo evidente. Tu cuerpo y mi cuerpo eran como polos del mismo signo de un imán. Al inicio de un movimiento mío le seguía el movimiento contrario por tu parte.
A mi pregunta de “que te pasa conmigo” tu respuesta automática: “nada, que estoy cansado. No he dormido bien” o “sabes que no me gusta que nos vean en público”.
El sexo se convirtió en obligación y rutina. El amor en un recuerdo. La pasión en una quimera. Dejé de sentirme deseada y lo peor es que no tenia la sensación de que fuera porqué tu fuego lo apagara otra. Las horas se hacían interminables. Los días un contigo sin ti sin remedio. Cada tarde al despedirnos esperaba el certificado de defunción de algo que ya hacía tiempo funcionaba por respiración asistida.
Un día al fin desconectaste el respirador. No te tembló la mano. Juntos vimos como aquello que habíamos alimentado año tras año y sueño tras sueño boqueaba y expiraba delante de nosotros. No aguardaste ni tan solo a cubrirle el rostro por caridad y evitaste mirarme a los ojos mientras te alejabas.
Después de todo lo habido entre nosotros, aún así, yo no he podido dejar aún de quererte. Tú no has dejado aún de olvidarme.

No hay comentarios:
Publicar un comentario